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Los Hermanos del Barco. Autor Toño de la Santa


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Por toño de la santa - Publicado el 26 Marzo 2020

PRÓLOGO
Cuando escribí “Amarillo el pichón luchador”, pequeño relato que hice con la intención de que solo mis hijos lo leyeran, no imagine que lo fuera a leer ningún adulto y menos que pudiera gustarle, ya que era una ficción sobre colombofilia, pero adaptado a un lenguaje infantil que mis hijos de ocho años pudieran entender. Fue muy grato para mi comprobar que tuvo buena aceptación y eso me animó a escribir este relato algo más largo y elaborado y ya pensando en lectores colombófilos adultos.

“LOS HERMANOS DEL BARCO ”, contienen bastante información sobre nuestra colombofilia cotidiana, aunque la criatura sea mía, no puedo evitar pensar que es algo espesa al principio, aunque lo hice con la intención de hacer comprender los detalles a posibles lectores ajenos al mundo de la colombofilia.
J.A.B.M.
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Amanecía un nuevo día en el puerto. Miguel, llegó temprano a su puesto de trabajo, siempre lo hacía. Su lugar de tarea en un taller de reparación de maquinaria portuaria, era un sitio muy sucio y grasiento, nada en aquel espacio lo hacía un lugar en el que querer estar, pero Miguel, llegaba temprano porque era diligente y responsable. Era un hombre joven, le gustaba su trabajo pese a la grasa de motores y carrocerías. En aquel viejo almacén, se acumulaba grasa probablemente desde antes de que él naciera, Miguel se esforzaba en mantenerlo lo más “limpio” posible y siempre ordenado. Se enfundaba su mono azul en una pequeña estancia que si mantenía escrupulosamente limpia, cogía una bolsa con semillas variadas y salía al exterior del taller con ellas. Aparte de su responsabilidad en el trabajo, tenía otro motivo para llegar temprano a su taller, un rato antes de que comenzara su jornada laboral, repartía el contenido de la bolsa entre una bandada de palomas que lo esperaban ansiosas. Era muy poca comida para tanta cantidad de palomas, Miguel era colombófilo, esa era su pasión. Sus palomas eran auténticas privilegiadas, gozaban de un palomar amplio, limpio y aireado, al que se le sumaban sus esmerados cuidados que las hacían lucir perfectas y saludables. En casa, cada día les ponía comida varias veces y siempre procuraba que sobrara, ese poco que dejaban sus palomas en los comederos , más algún puñado extra que él añadía , era lo que repartía con deleite cada mañana entre aquella bandada de palomas que lo esperaban como a un Dios a las afueras del taller.
El grupo de aves era variopinto, palomas cimarronas de diferentes edades y colores que se agolpaban para intentar pillar el mayor número posible de semillas. Miguel, esparcía las semillas en varias direcciones para que todas tuvieran su oportunidad de comer alguna. No era la comida que les solucionaría ese día, sobre todo a las que eran padres y tenían en algún lugar del puerto dos hambrientos pichones que los esperaban en su nido, pero si era un desayuno y para palomas jóvenes, era un importante aporte antes de dirigirse a las granjas de cabras , o a la harinera del lugar, a las cunetas de las carreteras que conducían a dicha harinera y en las que encontraban trigo y maíz que caía de los camiones cargados que llevaban la preciosa materia prima para moler en blanca harina.
De tanto en tanto, aparecía alguna paloma mensajera perdida, que en su búsqueda de la seguridad que daba estar en grupo, se unía a las palomas cimarronas. Cuando Miguel veía alguna, ponía un recipiente con agua para que el pobre animal pudiera saciar su sed. Intentaba que la paloma regresara a su casa por sus propios medios, le daba agua y tenía las mismas oportunidades que el resto de comer algunas semillas de las que él repartía y además, luego esa paloma podía ir en busca de sustento junto a las demás.
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Sólo cuando una de esas palomas perdidas, se convertía en una habitual del grupo matutino, Miguel tomaba la decisión de intentar capturarla para hacerla regresar a su lugar de origen. Su ojo experto, veía el deterioro cada vez más acuciado en cada mañana que la paloma mensajera venía a “desayunar” y comprendía que ese animal en concreto no regresaría por su propia capacidad para hacerlo. Normalmente, las palomas se marchaban en cuanto podían reponer algo de fuerzas, pero no siempre era así y entonces era cuando Miguel intervenía.
Era colombófilo en un mal sitio para serlo, vivía en una isla y los vuelos eran sobre el mar, muchas veces eran vuelos muy duros, con vientos en contra, con unos porcentajes de pérdidas difíciles de asumir para cualquier colombófilo y apasionado de las palomas. Además Miguel, seguía teniendo muy presente en su memoria como se enamoró de esas maravillosas aves. Pese a los años en colombofilia, no se había convertido en un frío competidor al que sólo le importaban los resultados, sin importar los costes en palomas que eso significaba. Seguía admirando la determinación que tenían sus palomas por regresar a casa, el amor que tenían a su palomar, las penurias que muchas veces pasaban para lograr ese ansiado regreso, pero tampoco podía evitar acordarse mucho de las que no lo conseguían y quedaban en el camino.
No era más que un niño cuando le regalaron su primera paloma, era una paloma mestiza de la calle, de un precioso color bariolé, recordaba cada detalle de ella. Su tía Antonia, la había encontrado caminando por un solar , con las plumas de un ala cortadas a tijera, tenía un dedo de cada pata amputado por culpa de unos hilos muy finos que seguían enredados en el resto de dedos amenazando con hacerlos caer también . No sólo recordaba esa, recordaba otras muchas que llegaron luego, rememoraba como como las admiraba por lo que eran, palomas, bellas palomas, no eran siquiera mensajeras, pero eran sus palomas y si hubiera podido, hubiese pasado cada día con ellas dentro del palomar. Tenía muy nítido en su memoria, el día que su padre le trajo aquella paloma patipluma de todos los colores, la misma tarde en la que le construyó su primer y pequeño palomar.
En esa niñez, iba muchas veces a casa de unos primos suyos que vivían muy cerca de donde ahora era su actual trabajo. Sus primos moraban en una vieja casa que colindaba con unas antiguas naves de salazón de pescado abandonadas hacía mucho tiempo. Esas naves, eran el hogar de decenas de palomas cimarronas, entre las que convivía alguna mensajera que nunca regresó a casa y ahí hizo su nueva vida. Se extasiaba viéndolas volar por toda la vieja nave con el ruido del batir de alas en la quietud del aire interior. Le ponía triste ver pichones jóvenes ahogados en los tanques de salazón, en el fondo de estos, había aguas estancadas y en medio pequeñas islas de lodo que las palomas aprovechaban para hacer sus nidos. El espacio “seco” era muy reducido y al menor fallo, los pichones caían a las sucias aguas, de las que ya no podían
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salir. En cuanto tuvo su palomar, rescató varios de esos jóvenes para llevárselos a casa y que tuvieran una vida mejor.
Esa infancia, en la que siempre tuvo palomas de todo tipo , estaba muy presente en el colombófilo actual , era muy observador y sentía que comprendía a las palomas, conectaba con ellas, detectaba sus cambios de humor y estado físico, pero también lo hacían ser demasiado sensible a las pérdidas, sufría con cada una de ellas y sólo podía poner todo su conocimiento y habilidad para enviar cada una de sus palomas en el mejor estado físico en el que era capaz de ponerlas para afrontar las duras sueltas y con todo , no siempre era suficiente.
Ahora era mayor e independiente, las circunstancias de su vida habían hecho que a sus treinta y cuatro años fuera un hombre soltero, no había renunciado a formar una familia, simplemente no se habían dado las condiciones que desembocaran en eso de momento, tampoco le obsesionaba la idea y se dejaba llevar por lo que deparara el destino . Nada le impedía ahora sentarse dentro del palomar el tiempo que él quisiera, le encantaba hacerlo, sentía que a ellas también les satisfacía tenerlo allí, de hecho, se le subían encima, le picoteaban la ropa, le acicalaban el pelo o las orejas y estaban plenamente cómodas, alguna recogía una pata y se quedaba a dormir posada en una pierna suya. Miguel, en esos momentos estaba en paz, no podía imaginar mejor forma de alcanzar ese estado que sentado en su palomar, con sus palomas, como un niño.
Aquella mañana en su trabajo, la bandada de palomas se presentó con dos incorporaciones nuevas que su ojo experto detectó en un instante. Siempre que había alguna mensajera perdida en el grupo, la veía en el primer vistazo, pero es que además estas dos llamaban muchísimo la atención por dos motivos, primero lo bonitas que eran ambas, lo segundo es que parecía evidente que no se habían perdido recientemente. Las dos palomas eran adultas, su plumaje denotaba que llevaban cierto tiempo viviendo en la calle, la hembra, era una hermosa paloma negra con una anilla amarilla en una pata y una anilla de concurso en la otra pata, le recordaba una barbaridad a otra paloma negra inglesa muy buena que tuvo su amigo José , aquella paloma la había traído un familiar de José , que la había salvado en mitad del océano al posarse en el barco en el que aquel hombre trabajaba, él le había proporcionado comida, agua y un palomar al llegar a tierra firme. Miguel, miraba aquella paloma negra de ojos blanquísimos en medio de la bandada de palomas que comían sus semillas y le parecía estar viendo la misma paloma que tuvo su amigo José hacía ya unos años. El macho era un rojo imponente, desde luego no eran los colores más abundantes entre las palomas mensajeras, si bien te podías encontrar casi cualquier color, los más habituales eran los azules de barras y los rodados, esta pareja se salía un poco de la norma. El rojo, sólo portaba una anilla verde en una de sus patas, si algún día estuvo concursando, ya no tenía rossor ni anilla electrónica. Ese aspecto era lo de menos, aquel palomo , visualmente era magnífico, rojo tapado con algunas motas
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negras , sus remeras y cola grises casi blancas y su cabeza prácticamente gris como la de un azul de barras, esa cabeza perfecta, redondeada, con unos ojos amarillos intensos , daba paso a un cuello muy rojo . Ya no se veían muy a menudo ese tipo de rojos, era un color más propio de unas décadas atrás, o de las fotos de viejas revistas de colombófilas extranjeras, ahora eran más comunes los rojos con cabeza también roja y con remeras y cola grises más oscuras.
La paloma negra, se afanaba en comer todas las semillas que podía, mientras que el palomo rojo estaba más pendiente de seguirla a ella obsesivamente, estaban en un periodo llamado por los colombófilos como “estar a pico”, o “a la caza del nido” y se daba cuando una pareja de palomas ya ha fijado su nido y están próximos a que la hembra haga su puesta huevos. El macho, la persigue frenéticamente con la intención de llevarla al nido, donde quiere que permanezca hasta que ponga. Ese comportamiento de la pareja, corroboró la primera impresión de Miguel, esas palomas llevaban tiempo perdidas y la casualidad hizo que ese día se llegaran hasta su taller con el grupo que venía cada mañana.
Miguel, tenía muy claras sus pautas de actuación en casos como este, desde luego no eran las únicas palomas mensajeras que vivían en la zona portuaria y alrededores, él no intervenía con estas, era evidente que habían sabido buscar la manera de subsistir como cualquier cimarrona y pese a eso, no habían sabido, podido, o querido regresar a su casa. Tampoco esperaba que casi ningún colombófilo, se alegrara demasiado de tener de vuelta una paloma que llevaba un tiempo indeterminado perdida y que probablemente buscaría refugio en donde ya lo encontró al perderse en cuanto la pusieran a competir otra vez, dejando a su dueño esperando nuevamente.
Nunca dejaría desamparada a una paloma mensajera que necesitara de su ayuda, pero las que hacían vida silvestre voluntariamente y estaban fuertes y saludables, las dejaba con su vida.
Esta preciosa pareja de Negra y Rojo, no serían una excepción, las admiró unos instantes más, esparció el resto de semillas que le quedaban en la bolsa y se dirigió al taller para comenzar su jornada laboral.
Los días fueron pasando, Negra y Rojo volvieron juntos dos veces más, luego venía solo el palomo y en ocasiones, a deshoras venía la paloma a curiosear desde la puerta por si había semillas, pero luego se iba a buscar a otra parte, ante la evidencia de que allí ya no encontraría semillas si no era al amanecer.
Miguel, acostumbraba a ir a una cafetería del puerto a media mañana, era bastante cercana a su taller y hacía el recorrido a pie para tomar su café con leche diario. En una de esas visitas a la cafetería, vio como el palomo rojo y su pareja negra se dejaban caer de su vuelo en un recinto descubierto, pero tapiado en el que se
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acumulaba gran cantidad de chatarra de hierro. Habían carrocerías de vehículos pesados, contenedores viejos y rotos, secciones de buques, etc... Seguía teniendo el mismo vicio que cuando era niño y no perdía detalle de lo que hacían las palomas a su alrededor en su vida cotidiana, la mayoría de los humanos no sabían ni que estaban ahí, sólo eran conscientes de ellas cuando alguna paloma causaba molestias por diferentes motivos.
Habían pasado unas semanas desde que viera a Rojo y Negra por primera vez, ahora había descubierto involuntariamente en donde tenían su nido en su paseo a la cafetería. Sabía que ya tenían pichones, porque venían ambas al amanecer a desayunar sus semillas, tenían la comisura del pico ligeramente amarillenta y eso era porque las palomas alimentaban a sus pichones regurgitando una papilla muy proteínica que fabricaban en sus buches para los primeros días de vida de los pequeños y al irse una pequeña cantidad de papilla por los lados del pico, estas se manchaban.
Ya de regreso en su taller y enfrascado en su trabajo, vio entrar por la puerta a Pablo. Era un trabajador de una empresa de logística y transportes, cuya base de operaciones colindaba con la nave donde trabajaba Miguel. Casi cada día, Pablo, se pasaba por allí a charlar cinco minutos con él, era un pequeño paro en su jornada, en el que hablaban de deportes, o de los últimos acontecimientos ocurridos que fueran dignos de mención. Miguel, rara vez dejaba su tarea para hablar con Pablo, pese a que le prestaba atención, seguía trabajando, salvo que estuviera utilizando alguna máquina ruidosa. Ese día Pablo, le comentó varias claves de por qué su equipo favorito de futbol había vuelto a perder y por supuesto las soluciones a aplicar para que eso dejara de ocurrir. Miguel, le escuchaba divertido mientras aflojaba unas viejas tuercas oxidadas, tratando de no partir el tornillo. Pablo era un tipo extrovertido y parlanchín, con una personalidad arrolladora y positiva, que transformaban esos cinco minutos de Miguel en algo diferente cada día. Ya salía Pablo del taller para reincorporarse a su trabajo, cuando se vuelve y le dice: “Aaa, por fin los dueños del solar de la chatarra que está de camino a la cafetería, han llegado a un acuerdo con una recuperadora para sacar todo ese material de ahí, empiezan mañana, creo que han vendido el solar a una empresa de congelados”. Nada más decir eso, se despidió y regresó a su trabajo.
Miguel, siguió con su labor y unos segundos después llegó a su cabeza la imagen de esa pareja de mensajeras tan bonitas posándose en la ventana del puente de mando de un viejo pesquero que estaba en ese solar. De ese barco, sólo quedaba allí el puente, sintió lástima al imaginar todos los nidos que se perderían a partir del día siguiente, cuando empezaran a transformar toda aquella chatarra en piezas más pequeñas y transportables. Deseó no haberlas visto posarse allí, pero ya no podía evitar saberlo y un pensamiento comenzó a torturarle la cabeza con la imagen de los pichones muriendo irremediablemente. Luego pensó, que Pablo le dio esa información
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casi de pasada y decidió verlo como una señal, como una oportunidad de hacer algo diferente. A las cuatro de la tarde, terminó su jornada de trabajo, en lugar de irse a su coche, se dirigió al solar con paso decidido, llamó por teléfono al vigilante de toda aquella zona portuaria y le informó sobre sus intenciones de entrar al recinto para intentar salvar unos pichones. Raúl el vigilante, lo conocía desde que era un niño, le dijo que por supuesto y no dudó ni un instante de que esa era su intención y no cualquier otra. Miguel, fue directo a la sección del buque donde acertó a ver posarse a Rojo y Negra , en cuanto se acercó, vio al macho rojo posado en una ventana , el trozo de barco estaba encima de una carrocería para contenedores que estaba tan vieja y oxidada como el puente de mando donde estaban las palomas. Trepó a la carrocería, luego entró a la estancia desde la que algún día se gobernó el barco. Macho rojo, seguía mirándolo desde la ventana, su años viviendo en palomar, le hacían tener un carácter menos esquivo que las palomas cimarronas, o bravías, que sin duda se hubieran ido ante su presencia allí. Buscó por la estancia y vio a paloma negra sobre lo que pudo ser un pequeño mueble metálico colgante, para botiquín médico, o cualquier otro uso, ahora sólo era una buena repisa en la que la pareja de palomas hicieron su nido. Habían cargado una buena cantidad de ramitas para construirlo, sobre todo una hierba conocida como cosquillo, que al secarse era perfecta para la construcción de nidos porque se engarzaban muy bien unas con otras y le daban solidez a la estructura. Sobre ese prefecto armazón de cosquillo, dos pichones lo miraban intentando pasar desapercibidos, Miguel, se acercó a ellos y al mismo tiempo que la madre echó a volar, los pequeños fueron conscientes de que los habían descubierto y empezaron a mostrar signos de defensa, se erguían ligeramente sobre sus patas, con todos los cañones de su plumaje erizados y emitiendo unos chasquidos de amenaza con su pico. Miguel, los cogió y les echó un buen vistazo antes de meterlos en un pequeño cubo de plástico en el que había puesto unos trapos viejos previamente.
Estaban muy bien cuidados, poco tenían que envidiar en cuanto a crecimiento, a pichones de mensajeras nacidos en un palomar. De los cañones habían empezado a emerger unos milímetros de pluma, eso ya dejaba ver que uno sería rojo y el otro no, aunque era muy pronto para saber si sería negro como la madre, si quedaba claro que sería muy oscuro. De camino hacia el coche, los volvió a mirar de reojo y pensó que estaban algo grandes para ponerles anilla, no obstante, estaba seguro de que conseguiría colocárselas, aunque le costara algo de esfuerzo. Sacó su teléfono móvil del bolsillo y marcó el número de su amigo Luis, a los pocos tonos de llamada, descolgó Luis con su característico “si, campeón”. Miguel, le preguntó si estaba atendiendo las palomas en ese momento, a lo que su amigo, colombófilo como él, respondió afirmativamente, quedaron en verse quince minutos más tarde. Luis, vivía en un pueblo a mitad de camino entre el trabajo de Miguel y su casa en la zona noroeste de la isla. A los quince minutos exactos, Miguel, subía las escaleras exteriores que conducían al palomar de Luis, en una mano el cubo con los pichones, en la otra un
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bote de crema hidratante que usaba para las manos y que siempre tenía en el coche. En la azotea, lo esperaba Luis mientras un pequeño grupo de palomas estaba en vuelo.
L- ¿Qué pasa, campeón?
M- Pasaba para saber si tienes una pareja criando un solo pichón de la edad de estos (dijo mostrando el contenido del cubo).
L- Pues creo que sí, hay una pareja que sólo tuvieron un huevo fértil y están criando un solo pichón, pero no sé si estarán parecidos.
Acto seguido, entró al palomar, fue hasta un casetón y sacó un pichón con el que salió para compararlos con los que había traído su amigo, eran prácticamente iguales y Miguel le explicó la situación de aquellos dos desvalidos pichoncillos. La idea era que Luis se quedara al menos uno de ellos, él criaría el otro a mano. A Luis, no le hizo mucha ilusión meter en el palomar un pichón de esa forma, demasiado pequeño para administrar preventivos y con el riesgo de que contagiara algo a sus palomas, pero no le dijo que no a su amigo Miguel, aunque si le expresó sus recelos. Después de zanjar ese asunto, Miguel, le pidió dos anillas para anillarlos antes de que fuera imposible. Luis sacó las anillas de un pequeño mueble que tenía junto al palomar. Tras aplicar la crema hidratante de Miguel en la pata de los pichones, estuvieron forcejeando, pero con delicadeza, hasta que lograron hacer deslizar los tres dedos delanteros a través de la anilla, luego, con la ayuda de la punta del raquis de una pluma caída, le hicieron pasar también el dedo trasero. Ya estaban anillados, sus patitas se veían algo tumefactas e hinchadas, pero Miguel sabía que en un rato estarían bien, cogió el cubo con su pichón rojo y se fue a casa. En el palomar de Luis, quedó el otro pichón con sus padres adoptivos, que si bien al principio se quedaron algo desconcertados por encontrarse dos pichones de buen tamaño en un nido en el que durante días sólo habían visto uno, finalmente lo aceptaron y siguieron con la cría naturalmente.
Miguel, aun no tenía parejas con pichones, de hecho empezaban a poner sus primeros huevos en esos días, no quería criar en plena competición y eso lo hacía sacar pichones bastante tarde en relación a muchos de sus compañeros. No necesitaba mucho tiempo para reunir la tanda de pichones que sacaba cada año, porque volaba muy pocas palomas entre adultas y jóvenes. Al llegar a casa, se puso con lo que él llamaba “preparar el tinglado”, en una caja de cartón en la que había una buena capa de arena negra volcánica , metió un nido de paja , ahí instaló a “Rojita”, luego colocó una lámpara flexo encima a una cierta distancia. Era una lámpara especial para dar calor a animales exóticos y reptiles en cautividad, Miguel, la pondría sobre todo los primeros días, ese pichón ya estaba muy cerca por edad de termorregularse solo, no obstante ya no tendría a su hermano pegado a ella y compartiendo calor y tampoco a sus padres por las noches para cubrirlos en esas horas más frías. Miguel, pondría la
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lámpara en un extremo de la caja, dando la opción a Rojita de acercarse, o alejarse de la fuente de calor a medida que lo necesitara.
Después de instalar a Rojita en su nuevo y provisional hogar, empezó a preparar las semillas con las que la alimentaría, era una mezcla de semillas pequeñas y proteínicas, ideal para el crecimiento de la pichona y al mismo tiempo cómodas de tragar. Dejó un puñado de esa mezcla en un vaso con agua para que se hidrataran, eran más fáciles de digerir y era más parecido a lo que sus padres le hubieran dado directamente de su pico. Era ya casi de noche y Miguel había terminado con sus quehaceres diarios, cuando decidió probar a alimentarla por primera vez. Cogió el vaso con semillas, que ya eran visiblemente diferentes, más hinchadas y con pinta de frescas algunas de ellas, lo puso unos segundos en el microondas para que no estuvieran frías y si algo tibias, colocó sobre la boca del vaso un globo estirado que se ajustó perfectamente al borde de cristal, en la pared de goma del globo había practicado un pequeño orificio con unas tijeras, ahora con la goma totalmente estirada, ese orificio se veía bastante mayor. Miguel, agarró suavemente la cabeza de Rojita y dirigió su pico hacia el agujerito del globo mientras mantenía el vaso de lado, con la mezcla semillas y agua a punto de salirse. Fueron unos primeros intentos algo torpes, la pichona tenía miedo y hambre, después de notar que al piar y abrir su pico, desde allí le habían caído algunas semillitas húmedas y cálidas, se dio cuenta de que ese sería su sustento y ya metió el pico con ansias, mientras tragaba y movía las alitas. Un rato después, estaba saciada y satisfecha, con el buche a punto de reventar, tumbada al calor de la lámpara térmica.
Las palomas eran animales muy inteligentes, desde pequeñas aprendían cosas rápidamente. A Rojita, no hubo que dirigirle más el pico hacia la abertura del globo, a la mañana siguiente , Miguel se levantó antes para darle de comer, al poner el vaso, ella fue a tiro hecho a alimentarse a donde debía , era parecido a meter el pico en el de sus padres mientras regurgitaban la comida . Cada pocos segundos, le quitaba el vaso del pico para que respirara y bajara bien las semillas hacia el buche, en esos momentos, el ansioso pichón piaba y aleteaba pidiendo más comida.
Así fueron pasando las jornadas, Miguel alimentaba a Rojita tres veces al día, el pichón se veía crecer, era impresionante lo rápido que se desarrollaban las palomas. Sólo llevaba cinco días con esta rutina, cuando el entregado colombófilo, empezó a dejar una tacita con mezcla de semillas y otra con agua cerca de Rojita, estaban firmemente sujetas a la caja para que ella no las volcara. Con su dedo, el hombre imitaba el movimiento de una paloma picoteando en las semillas de la taza, la pichona a su vez lo imitaba a él mientras piaba y aleteaba lastimosamente pidiéndole comida. Así, casi accidentalmente, cogió su primera semilla, después de moverla por el pico con torpeza, pudo tragarla, quedando algo sorprendida. Después de esa primera semilla, tragó algunas más. Aún era pequeña para comer por sí misma, pero Miguel quería que
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fuera independiente lo antes posible, pese a que seguiría alimentándola con el vaso y el globo bastantes días más.
El día que Miguel, llevó a Rojita al palomar con intención de dejarla, era una hermosa pichona independiente con todo su plumaje crecido, sólo unos pocos plumones amarillos quedaban sobre las plumas de la cabeza. El palomar, no era un sitio desconocido para ella, Miguel la dejaba un rato cada tarde en la tabla del buzón de entrada, ahí tomaba el sol y veía bien todos los alrededores. También había estado dentro cada día, cuando las palomas bajaban a comer, ella permanecía en el regazo del hombre observándolo todo. Tenía una expresión muy vivaz e inteligente, su color rojo intenso era como el de su padre, pero no tenía la cabeza gris y las remeras serían grises oscuras y no claras como las de su progenitor, carecía de las motas negras que sólo portaban los machos de rojos y bayos, sin duda era una pequeña joyita. Miguel, la adoraba, no podía evitar adorar a cada una de sus palomas, pero si además la había criado él personalmente, salvándola de una muerte segura en la chatarra del puerto, ese vínculo era aún más intenso.
En casa de Luís, un hermoso pichón bronce muy tapado, casi negro, formaba parte de un pequeño grupo de jóvenes que fueron separados de sus padres en esos días. Luís, le había enviado fotos a Miguel y este pensó que el pichón tenía una estampa magnífica, no llegó a salir negro como su madre, se parecía más a su padre, salvo en el color, sería un palomo imponente en el futuro. A su amigo, le encantaba y se alegraba de tenerlo allí pese a sus reservas iniciales. A partir de ese momento, la vida de los dos pichones que había sido seguida de manera particular, debido a su origen tan poco corriente, pasó a ser la vida de una mensajera más, cada uno en su palomar, cada uno con los mejores cuidados que Luis y Miguel les proporcionaban cada día.
El bronce oscuro, muy pronto comenzó a volar más de cuarenta minutos seguidos, lo hacía junto a otros pichones de Luis. Las palomas jóvenes, eran como los niños, querían volar, ir de aquí para allá, alejarse de casa, explorar. Esto las hacía muscularse y transformarse en palomas fuertes y seguras. Era también una fase de aprendizaje, sentían los vientos y sus diferentes intensidades, reconocían a su íntimo enemigo el halcón, memorizaban la llamada del colombófilo a la hora del entrar al palomar, en definitiva, aprendían a ser palomas mensajeras.
Rojita, era la primera pichona de esa temporada en el palomar de Miguel, de momento no tenía compañeros de su edad para volar como locos por encima de todo el pueblo, pero pronto los habría. La temporada de carreras había terminado y las únicas palomas que había para acompañarla, eran las supervivientes de la campaña. Eran aves adultas que ya habían volado muchísimo ese año, algunas de ellas tenían sueltas durísimas en sus alas, cada día salían a volar, pero estaban en régimen de reposo, volaban lo que quisieran y ese tiempo solía quedarse en unos pocos minutos.
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Ahora estaban centradas en aparearse y criar, disfrutando de una vida relajada que tenían muy merecida. A Rojita, ese ratito que volaba con las veteranas, le sabía a muy poco, quería volar más y más y cuando ya llevaba unos cuantos días volando esos minutos con las adultas, empezó a quedarse ella sola en el aire, volando por todo el pueblo cada día más rato. Miguel, la observaba con una mezcla de orgullo y temor. Estaba orgulloso de ver que su acción de salvarla y el esfuerzo de criarla, la habían convertido en una magnífica y alegre pichona ansiosa por volar, temía que al hacerlo sola, de aquí para allá, exhibiendo su vuelo juvenil, llamara la atención de un halcón que pudiera atraparla. Sus temores no eran infundados, ya llevaba dos semanas Rojita volando sola, cuando ocurrió, Miguel pudo presenciarlo desde el principio , había visto a su palomas que estaban paseando por el huerto que estaba en frente del palomar, mirar todas hacia un punto determinado del cielo , el hombre siguió la dirección de su mirada y pudo ver una hembra de halcón que empezaba a dejarse caer como sin querer, con una ojeada buscó a Rojita y la vio volar algo frenada, ella también había visto a la rapaz y se preparaba para lo que venía . Cuando Miguel, quiso volver a localizar el halcón, ya estaba muy lejos de donde lo vio unos instantes antes, ahora se aproximaba a la pichona como un relámpago, en su estrategia, se llevó a la joven paloma algo lejos del palomar y el lance era inminente. En la primera pasada, todo estuvo a punto de terminar, el ave de presa pasó a milímetros de Rojita, que la esquivó con un quiebro que Miguel no supo interpretar si fue un gesto torpe de pichón con mucha suerte, o pura habilidad como si estuviera curtida en mil batallas como aquella. Como escupido por la tierra, subió un macho de halcón que llegó a rozar a la pichona en su intento de acuchillarla, una pequeña estela de plumitas coberteras de Rojita, quedaron a merced del viento, su dueño, seguía la acción con el corazón en un puño, por su boca escapaban improperios hacia los halcones, a la par que ánimos a su paloma para que pudiera salir de aquello, como si ella pudiera oírlo y entenderlo. Rojita, había dejado ya ese vuelo pausado con el que esperaba para fintar al primer predador, ahora volaba todo lo rápido que su joven cuerpo era capaz, había esquivado por poco los dos primeros ataques mortales, llevaba detrás dos halcones que la acometían uno detrás del otro con la intención de que cayera en las garras de uno de ellos, al tratar de esquivar las del otro. El lance se había acercado a casa, Miguel, empezó a albergar unas esperanzas que unos segundos antes casi habían desaparecido. Rojita, luchaba por su vida y trataba de llegar al palomar mientras fintaba una y otra vez, con su último esfuerzo, bajó su vuelo casi a ras de suelo y llegó a la enorme higuera del final de la finca, entrando en ella de manera casi suicida con gran estrépito de hojas y ramitas quebrándose. Los halcones, se quedaron sobrevolando la higuera a la expectativa de que la paloma saliera, pero eso no iba a ocurrir, cuando vieron al hombre que llegaba corriendo, se marcharon de allí. Miguel, apartó algunas ramas con cuidado y buscó su querida palomita, después de unos angustiosos segundos, en los que imaginó sólo malos desenlaces, la vio en el centro del árbol, estaba posada con todo su cuerpo, su pecho se apoyaba en una rama, sus alas
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abiertas en otras y sus patas colgaban. Respiraba muy deprisa con el pico abierto, no se asustó lo más mínimo ante la presencia del hombre que la había criado, este la tomó con delicadeza en sus manos y el animal pareció tranquilizarse un poco en el acto. Miguel, cruzó la finca despacio, mirando a Rojita por todos los lados, no tenía rotas ni alas, ni patas, apenas tenía algunas plumas desflecadas y la línea que “le dibujó” el macho de halcón en su primera cuchillada. No le había rasgado la piel, fue un roce superficial de su cuchillo matador, que se llevó una hilera de plumitas coberteras de su dorso. Ahora sólo quedaba esperar que no tuviera ningún daño interno a causa de su brutal entrada la higuera, aunque la expresión de la pichona era muy vivaz y no parecía sentir dolor. Ya en el palomar, Miguel, entró y se sentó en el limpio suelo, dejó la pichona sobre su pierna y la soltó lentamente, la joven paloma se mantuvo sobre sus patas, miró al colombófilo unos instantes, luego miró todo el palomar y por último voló hacia el posadero que había elegido como suyo desde el principio de su vida allí. Ese pequeño vuelo, alegró muchísimo al hombre, le quitó la angustia que aún tenía dentro por el lance presenciado. Rojita, se recolocaba plumas con su pico, muy tranquila ya, Miguel pensaba que aquella paloma Roja era muy, pero que muy dura, fue prácticamente un milagro que sobreviviera a un ataque como ese de una pareja coordinada de halcones y a su edad tan corta, allí estaba, impasible, en la seguridad de su posadero, en su palomar, arreglándose el plumaje como si nada hubiera ocurrido. Seguramente estaba en su memoria genética, para el hombre era algo traumatizante ver que un halcón se lleva sus palomas, para ellas era terrorífico, pero terrorífico en el momento en el que lo tenían encima, una vez que el peligro pasaba, la vida seguía, era así desde que palomas y halcones existían.
Miguel, cada año tenía varias bajas entre sus jóvenes palomas, al volar con esa alegría y ganas de explorar, a veces ocurría el drama. En muy contadas ocasiones, los halcones le habían atrapado un pichón en los aledaños del palomar, los jóvenes conocían al dedillo su pueblo, los sitios por donde poder escapar, los lugares desde donde los halcones iniciaban sus ataque más asiduamente contra tórtolas, palomas, gorriones y demás volatería , pero otra cosa era cuando el bando de aventureros pichones , llevaba desaparecido al menos una hora, en ocasiones no regresaban juntos , sino que lo hacían separados en pequeños grupitos , o individualmente . Volvían desde todas direcciones en evidente estado de nerviosismo y eso sólo significaba que habían tenido ataque de halcón fuera de su zona confortable. Las veces que esto ocurría , era cuando solían cobrarse alguna víctima , era parte de su vida y un aprendizaje para cuando fueran palomas de competición y sufrieran el ataque que algún día padecerían, si , o sí.
Después de aquel episodio, Rojita, siguió con su vida como anteriormente, no perdió sus ganas de volar y siguió haciéndolo en solitario en cuanto las adultas “de vacaciones” se posaban a sestear por la finca, pero si volaba algo más bajo y sin alejarse demasiado. No duró mucho su soledad en el ejercicio de volar, una nueva
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camada de pichones nacidos en el palomar, ya empezaban con sus primeros y torpes vuelos alrededor de la finca. En poco tiempo, ya eran un pequeño bando homogéneo y agrupado que volaban como rayos por todo el pueblo y saliéndose de este en ocasiones. Rojita, era feliz con los de su generación, les llevaba unas pocas semanas de ventaja y empezaba a lucir muy hermosa y fuerte.
En el palomar de Luis, el hermano de Rojita también lucía espectacular, el amigo de Miguel, con su humor habitual, lo había bautizado como el “Timonel”, por su particular lugar de nacimiento en el viejo puente de mando de lo que fue un buque atunero en su día. Era un pichón con aires de palomo antiguo, con su rotunda cabeza similar a la de su padre, pero con el color de plumas y también del iris de ojo de su madre. Luis, era un gran colombófilo y un competidor nato, siempre estaba en los primeros puestos de los distintos campeonatos, aunque compartía con Miguel la pasión por las sueltas de larga distancia. De las paredes del club, colgaban varias fotos de palomas y pichones campeones propiedad de Luis. Sus palomas, estaban sometidas a la máxima exigencia, pero también disfrutaban de una dedicación casi absoluta de su cuidador, que se esmeraba como pocos en llevarlas a los mejores estados de salud y forma deportiva. Esa exigencia, hacía que tuviera unas palomas muy bien seleccionadas, no había aves débiles o desequilibradas en su palomar y el hecho de que Timonel fuera una paloma perfecta en las manos, con su equilibrio y sedosidad del plumaje, lo hacía aceptarlo con mucha naturalidad. No difería en lo físico de cualquiera de sus otros pichones y Luis le había visto buenas cualidades para la larga distancia. De vez en cuando, le hacía alguna foto al pichón para compartirla con su amigo Miguel a través del móvil y que este pudiera ver su evolución y la paloma en que se estaba convirtiendo Timonel.
Los dos hermanos, se convirtieron en bonitas palomas mensajeras. Pasaron lo que quedaba de primavera y el verano volando a diario, cada una en su palomar, con los mejores cuidados de Miguel y Luis. Mudaron sus plumas coberteras por otras mucho más brillantes y bonitas, las narinas muy blancas, sus ojos muy vivos y coloridos, ya habían borrado todo el rastro de la apariencia de pichoncillos desvalidos.
Hacia el final del verano, Luis, le comunicó a su amigo, la intención de inscribir a Timonel en el equipo que volaría el otoño. Miguel, nunca volaba palomas en la competición de pichones de otoño, respetaba la decisión de su amigo, pero a él, ese campeonato basado en una sola suelta en alta mar, que sólo estaba precedida por unos pocos entrenos en la propia isla, no le gustaba. Había varios motivos, el principal era que regresaban muy poquitos pichones de la suelta final, también influían los tiempos inestables y variables que conformaban la meteorología otoñal y lo más importante, pillaba a los pichones en una etapa de sus vidas muy revolucionada por sus cambios físicos, además de ir mudando las últimas y más importantes plumas del ala. Aun así, Miguel, esperaba cada año en la azotea de Luis la llegada de algún pichón
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de esa dura suelta, lo que más le gustaba era esperar palomas. Muchas veces en ese certamen, la mayoría de competidores esperaban en vano, pero era algo que trataban de mejorar año tras año a través de su selección.
Timonel y el resto de pichones del equipo de Luis para el otoño, habían solventado con facilidad los entrenos en la propia isla. Aunque a priori, pudiera pensarse que era sencillo, no lo era en absoluto, muchos caían víctimas del desproporcionado número de halcones que habitaban la isla en ese tiempo, halcones adultos y sus hijos que aún no habían abandonado esos lugares para emigrar al continente. También se perdían víctimas de su propia evolución del crecimiento, no estaban la mayoría en su mejor momento.
El día de la final, Luis había preparado un guiso de carne de conejo con papas para esperar junto a algunos amigos la llegada de los pichones de otoño. Miguel, era un fijo allí cada final, hablaban de palomas, veían las de Luis, comían y estaban siempre pendientes del horizonte por si veían alguna paloma llegar. Ya sobre las cuatro de la tarde, empezaban las dudas a instalarse en la mente de cada uno de los presentes. Pesaba como una losa el recuerdo de años en los que no regresó ninguna.
A doscientos kilómetros al suroeste de esa azotea, un pequeño grupo de pichones volaban en zigzag sobre el océano tratando de orientarse. Timonel, estaba en ese reducido grupo, habían sido soltadas al noreste de la posición del palomar, a unos doscientos veinte kilómetros. Por horas de vuelo, tenían tiempo más que suficiente para haber llegado a casa si hubieran volado en línea recta, pero eso rara vez ocurría. Los pichones veían el mar por primera vez ese día, salían de la cesta y encontraban volando en medio del océano, mientras que el barco en el que iban hasta ese momento, se alejaba hacia el norte. Algunos al principio seguían al barco, era todo nuevo para ellos, estaban muy desorientados. Finalmente se reagruparon y después de volar en amplios círculos durante un rato, tomaron dirección sur, sentían atracción por irse hacia su izquierda y ese rumbo fue el que tomó la mayor parte de bando. Esa atracción la provocaba la cercanía del continente africano. Al llegar a su costa, algunos directamente se adentraron en tierra, otros que no notaban nada que les indicara que por ahí era el camino, seguían costeando y haciendo incursiones sobre el mar que abandonaban al poco rato por el miedo que este les producía al no tener un rumbo fijado.
De esa manera fueron pasando las horas, los pichones había tomado varias direcciones, separándose en muchos grupitos pequeños. Timonel, estaba junto a otras cinco palomas, su grupo fue uno de los pocos que optó por buscar su casa volviendo a sobrevolar el mar. Su errático y ya cansado vuelo, los hizo ver tierra a la hora en la que los colombófilos que los esperaban, empezaban a decaer en su ánimo. Acababan de llegar a la isla vecina a suya, que estaba más al sur. Era una isla larga y desértica, dominada por los vientos alisios de noroeste. Timonel y sus compañeros, nunca habían
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estado allí, pero sentían que estaban cerca de casa, era mucho más sencillo de sentir el magnetismo terrestre sobre tierra firme, que en el océano y su orientación, les hacía volar por esa isla hacia el norte, con un alisio en frente que acababa con las fuerzas que les quedaban. El pequeño grupo de tenaces animales, siguió volando pese a todo hasta llegar al extremo norte de la larguísima isla, ver de nuevo el mar no las detuvo en su decisión, estaban seguras del rumbo que habían fijado y además se veía otra isla a unos quince kilómetros por delante de ellos. Tras cruzar y volver a sobrevolar tierra, notaron con gran intensidad que estaban muy cerca, el viento seguía restándoles fuerzas a las ya poquitas que tenían. En el grupito, se fueron separando unas de otras, casi se veían, pero algunas iban más al límite que las demás y simplemente llegarían como pudieran a casa, intentando que no las pillara un halcón mientras sus compañeras iban por delante o por detrás, dependiendo de la situación de cada una de ellas.
En la azotea de Luis, el optimismo había desaparecido hacía mucho rato, nadie perdió la esperanza, pero de ahí a ser optimista había un buen trecho. Faltaba media hora para ponerse el sol, en ese instante, Miguel divisa una paloma que se aproxima penosamente, su vuelo bajo y lento dejaba claro que llegaba muy fatigada y que era de la suelta de altamar.” ¡Una paloma!” gritó y el grupo de amigos desalojó la zona de delante del palomar, yendo rápido a otra zona donde solían esperar las sueltas. La paloma se fue acercando y su oscuro plumaje fue reconocido inmediatamente por Luis y Miguel, que al unísono dijeron con una mezcla de sorpresa e incredulidad “¡¡Es el Timonel!!”. El palomito hizo los últimos metros y se posó directamente en la tabla del buzón de entrada, en donde se trastabilló debido a lo adormecidas que traía las patas a causa del larguísimo vuelo, eso hizo que se constatara automáticamente su comprobación en el reloj con un pitido que sonó a música celestial para Luis. Después de unos segundos parados, Timonel entró al palomar y fue directo al bebedero, Luis recibía las felicitaciones de sus amigos mientras lo miraba orgulloso.
En el grupo de mensajería instantánea de sus teléfonos, empezaron a notificar los otros pichones que acababan de llegar a sus casas apenas un minuto después que Timonel, una, dos y así hasta cuatro palomas se “cantaron” aparte del pichón de Luis. En ese momento, mientras los amigos hablaban frente al palomar, otro pichón de Luis los sorprendió llegando sin ser visto por nadie hasta su irrupción en la azotea, en donde se posó en la tabla del buzón pese a las personas que allí habían. Luis y sus amigos se quedaron inmóviles como maniquíes, la fatigada palomita los miraba algo recelosa, pero deseando entrar al palomar, después de vencer esos recelos, caminó por el buzón y entró al palomar, dejando marcada su hora de llegada. Todos estallaron de alegría, felicitaban al orgulloso propietario, que no cabía en sí de felicidad, aún estaban festejando la llegada de Timonel cuando esa pichona de las viejas líneas de Luis llegó y transformó la alegría en éxtasis colombófilo. Parabienes,
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sonrisas, alegría, lo que hacía cinco minutos era un funeral, ahora era la plena expresión y el significado de lo que era ser colombófilo en las islas.
La noche llegó, sólo esas seis duras palomas lograron llegar a casa ese día. Al día siguiente lograron la hazaña otras cinco más, otro competidor tenía dos marcadas como Luis, pero únicamente él tenía ambas comprobadas en el día de la suelta y era campeón del Otoño, aparte del primer premio en la carrera con Timonel.
Después de ese “aperitivo” de la competición colombófila que era el campeonato de otoño, casi inmediatamente empezaban los entrenos para la dura temporada de primavera. No había tiempo para relajarse, todo lo contrario, había que ir poniendo las palomas en buen estado de forma progresivamente para lo que se les venía encima. Todos los colombófilos, hacían lo posible por ser competitivos, no reparaban en esfuerzos para lograrlo, le daban a sus palomas los mejores cuidados que eran capaces de ofrecer, cada uno dentro de sus posibilidades y conocimientos, que por supuesto no eran iguales los de unos y otros.
Miguel, tenía su pequeño plantel en perfectas condiciones para la altura de la de la temporada en la que estaban, no dejaba nada al azar, sus palomas estaban al día en vacunaciones y en analíticas veterinarias, sus vuelos diarios se iban incrementando , cada vez volaban mejor y con más alegría las palomas. Todo estaba dispuesto para empezar la temporada de vuelos.
Los entrenamientos empezaron en la propia isla como de costumbre y luego saltaron a la isla vecina, que era muy larga y separada de la suya por sólo quince kilómetros. Aprovechando esa longitud de la isla cercana, se daban varias sueltas a lo largo de su geografía que eran un verdadero aprendizaje para las jóvenes palomas. Pronto tendrían que hacer saltos marinos mucho mayores a medida que fueran alejándose de isla en isla.
Rojita y Timonel, habían aprobado ese primer examen sin problemas, además Timonel ya se había graduado con nota con su éxito en otoño. También habían sobrevivido a las sueltas de media distancia en las que se producía una primera y drástica selección, la mitad de los pichones no lograban cruzar desde la primera isla que daba la distancia media. Ninguno de los hermanos era especialmente rápido, pero eran constantes y tampoco eran lentos. Tanto Luis como Miguel, los habían designado para alguna suelta que se presentaba dura desde medio fondo y las palomas no harían una velocidad alta, ninguno de los dos pichones defraudó y siempre regresaron a sus casas, contribuyendo a que sus propietarios estuvieran en lo alto de la clasificación.
Cuando se acabaron las sueltas de media distancia , empezaron las de fondo, pero antes de hacía la suelta campeonato de siete islas, en la que cada colombófilo designaba una paloma por isla , que se soltaban el mismo día , era un evento pensado para esperar palomas desde corta, media y larga distancia, después de esa suelta
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muchos competidores se retiraban de la temporada , porque no les había ido bien en la media distancia y prácticamente se quedaron sin palomas para seguir en fondo, que además era lo más duro entre lo duro e implacable que era la colombofilia isleña. Para la mayoría era la suelta más bonita, era especial y conseguir marcar las siete palomas dentro del tiempo de concurso era un honor que recaía en muy pocos colombófilos cada temporada, en alguna ocasión ninguno lo lograba.
Luis, designó a Timonel para la penúltima isla en distancia, una isla abrupta y montañosa, que exponía a las palomas a doscientos kilómetros de ventoso mar antes de volver a tocar tierra en una isla intermedia que estaba casi a mitad de camino a casa. Esta isla intercalada , era la más grande del archipiélago y a veces, las palomas que ya iban cansadas , se quedaban en alguna parte de su territorio a pasar la noche, para retomar el regreso al hogar y sus más de trecientos kilómetros al día siguiente. Luis, lo envió absolutamente convencido de que lograría regresar en tiempo de concurso, Timonel iba en un gran momento de forma, al igual que el resto de las enviadas de su palomar.
Miguel, también envió sus siete palomas en un gran momento, a la hora de designar sólo tenía una duda y era sobre la paloma a enviar a la isla más lejana de todas , una isla pequeña y más metida en el océano que las demás , con aguas muy profundas rodeándola. Dudaba entre enviar a una de sus adultas veteranas y curtida en mil batallas, o a Rojita, que había alcanzado un momento de forma de esos que un colombófilo avezado notaba enseguida y solía ser sinónimo de éxito. Finalmente Rojita, fue la elegida para ir a esa lejana isla a la que muy pocos competidores enviaban palomas jóvenes.
El día de la suelta, cada aficionado esperaba sus palomas en el palomar, desde media mañana que empezaban a llegar las soltadas en las islas más cercanas y en la suya propia. A mediodía y media tarde, esperarían las de medio fondo y a partir de ahí hasta la misma noche las de las tres isla más alejadas, que eran las designadas para fondo.
Con apenas hora y media para que el sol se pusiera, había palomas marcadas en todos los palomares, las había de todas las islas menos a las que fueron Timonel y Rojita. La suerte era desigual, algunos les iba mejor que a otros, tanto Miguel como Luis habían marcado cinco palomas, ambos tenían una de las fondo, las islas intermedias, la de la isla cercana y la de la misma isla. Mas colombófilos marcaron desde esa isla de fondo, aunque alguno tuvo la mala suerte de faltarle una paloma de la de media distancia, incluso los había que le faltaba alguna de la isla más cercana, o de la suya propia. Así era la suelta de siete islas, difícil e imprevisible.
Diez minutos faltaban para que la noche fuera definitiva, Rojita, estaba agotada, pero no pensaba parar hasta llegar a casa. Conocía los lugares que estaba
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sobrevolando en ese instante, era menos probable sufrir un ataque de halcón a esa hora con apenas luz y eso le daba cierta tranquilidad, pese al cansancio y la soledad. Le faltaban pocos kilómetros para afrontar el último y cortó salto de mar antes de llegar a su isla natal. A un centenar de metros a su izquierda, Rojita vio otra paloma que volaba igual de cansada que ella, iba buscando el mismo punto para cruzar a su isla que ella y a los pocos segundos las dos palomas acortaron la distancia que las separaba para ir juntas. Siempre que podían, las palomas trataban de ir en grupo en los vuelos, les aportaba seguridad. La paloma que se unió a Rojita cuando ya casi se volvían a meter sobre el mar, era su hermano Timonel. Este hecho, no lo conocían las palomas, que simplemente se sintieron reconfortadas por la compañía que se hacían la una a la otra en ese último tramo que les quedaba para llegar a la isla en la que estaban sus casas. La casualidad, había querido que los dos hermanos nacidos en una chatarra de barco y separados con diez u once días de vida, ahora volaban ala con ala, fatigados, pero determinados a llegar a casa ese día. Ya estaban sobrevolando su isla, cuando Rojita sintió la necesidad de girar un poco a su izquierda, su ruta final no coincidía con la de su acompañante, Timonel buscaba el centro de la isla y Rojita el noroeste. Ambos hermanos se separaron sobre una pequeña población igual que se habían juntado. Los pueblos y los coches que circulaban por la carretera habían encendido sus luces, el sol se había puesto por completo, sólo quedaba esa tenue claridad lechosa desde más allá del horizonte por el que el sol se había escondido. Para Rojita y Timonel, aquella luz y la artificial de las poblaciones, sería suficiente para llegar a casa.
En casa de Luis, la suelta había ido regular, tenía cinco palomas marcadas al igual que Miguel. Había algún competidor más con cinco marcadas, pero era una minoría, aunque cinco era lo mejor que había en ese momento, los colombófilos seguían esperando palomas de fondo con la noche ya instalada por completo. Luis, esperaba sentado delante del palomar con las luces encendidas y el teléfono en las manos, comentaba los pormenores de la jornada con otros compañeros, nadie había marcado de las dos islas más lejanas, tendrían que esperar al día siguiente para saber si entrarían palomas desde allí, o eso es lo que comentaba Luis cuando Timonel aterrizaba en la iluminada tabla del buzón de manera abrupta y sonora. Luis, se quedó paralizado unos segundos, aunque el pichón ya había demostrado su valía y él lo había enviado porque había conseguido un estado de forma excepcional, no dejaba de ser una sorpresa que ese pichón con un origen tan humilde, hubiera marcado primero en otoño y ahora primero desde esa isla en el siete islas. Con enorme excitación, trató de enviarle un mensaje de texto a su amigo Miguel, el temblor de sus manos no le permitía escribir ni una sola palabra correctamente y finalmente optó por enviarle un audio contándole con mucha emoción que Timonel acababa de llegar. Miguel, esperaba sentado en su viejo sillón, un antiguo mueble de salón ajado y con pinta de no pertenecer a aquel lugar, pero que era cómodo, motivo por el que Miguel siempre lo sacaba para esperar sus palomas. Para él, era un ritual, las esperaba hasta horas en las que ya ningún otro esperaba y madrugaba como ninguno para esperarlas al día
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siguiente desde antes de amanecer. Felicitó efusivamente a su amigo Luis, se alegraba enormemente por la marcada de su compañero y le producía una indescriptible satisfacción que además lo hubiera hecho por medio de Timonel, uno de los pichones que él había salvado hacía ya casi un año. Al mismo tiempo, pensó que era una pena que su hermana Rojita no hubiera podido regresar desde la isla más lejana en ese día, ninguna paloma lo había logrado y sólo Timonel lo consiguió desde la otra isla que daba sólo unos pocos kilómetros menos, quizás era mucho pedir. Empezaba a refrescar, se cerró la chaqueta y se dispuso a seguir esperando pacientemente, al menos una hora más. En ese instante, un batir de alas en la oscuridad hizo que se le erizara todo el vello de del cuerpo. Una paloma acababa de llegar y trataba de posarse sobre el palomar en plena noche. Sin saber aún cual era, Miguel, le silbaba como hacía a diario para que entraran a comer, la paloma no había acertado a posarse en el primer intento y daba otro pequeño giro alrededor del palomar, en tinieblas, finalmente logró posarse sobre el techo del mismo ante la fascinada y nerviosa mirada de su dueño. Era Rojita, acababa de regresar desde la isla más lejana, algo al alcance de muy pocas palomas cada temporada. Miguel, aún estaba asimilando maravillado la hazaña de Timonel en el palomar de Luis, cuando la hermana llegó y lo llenó de júbilo, era lo más parecido al éxtasis colombófilo que podía imaginar. Rápidamente se puso en pie y trató de llamar a Rojita desde el buzón, era extremadamente dócil, su carácter, además de la forma en la que fue criada por su dueño desde pequeñita, la hacían así de mansa. Miguel, la tocó levemente para que avanzara hasta que un pitido anunció que acababa de registrar su llegada, ahí ya la dejó que entrara cuando ella quisiera hacerlo. Lo siguiente, fue agarrar el teléfono y llamar a su amigo Luis para darle la noticia, ambos amigos se deshacían en elogios y felicitaciones, ya surgía el comentario en tono de broma de que había que ir al muelle a buscar los padres de esos dos extraordinarios hermanos. Lo cierto es que Miguel, llevaba meses sin ver a ninguno de los dos progenitores, probablemente se mudaron a otro lugar fuera del recinto portuario, o podían haber intentado regresar a sus casas, no lo sabía y no le daba muchas vueltas a eso, él había rescatado los hijos que estaban condenados y sentía que ya le habían devuelto el favor plenamente. Miguel, esa noche tuvo problemas para quedarse dormido, estaba tan emocionado, que no podía evitar estar muy espabilado, en su cabeza se agolpaban recuerdos y pensamientos de toda una vida con palomas, los había muy antiguos y también los más recientes que le venían una y otra vez a la mente, la paloma que le faltaba para completar el concurso, Rojita posándose sobre el palomar, también la imagen de su hermano Timonel marcando sólo unos minutos antes desde la otra isla lejana en casa de su amigo Luis, ambos únicos en marcar desde sus respectivos puntos de suelta en el día. Difícil dormir con el cerebro trabajado a pleno rendimiento.
La temporada continuó con su implacable calendario. Miles de palomas eran encestadas para las primeras sueltas cercanas, pero ahora, hacia el final, sólo unos pocos competidores seguían en liza por los distintos campeonatos. El camión del club,
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que al principio iba atestado de cestas llenas de palomas, ahora sólo llevaba una pequeña hilera con destino a las sueltas de larga distancia.
Rojita y Timonel, no habían ido a más sueltas después de su hazaña en el siete islas, el esfuerzo en ese día fue titánico y eso siempre dejaba huella en los cuerpos de las palomas que no se habían dosificado, en las que lo habían dado todo para regresar en el día de la suelta.
Luis, estuvo valorando la opción de seguir enviando a Timonel suelta tras suelta, si lograba hacerlas, sería con toda probabilidad pichón campeón del club y un nuevo cuadro de una paloma suya adornaría las paredes del local social, pero finalmente optó por dejarlo descansar, que fuera recuperando tono físico y al mismo tiempo adquiriendo estado de forma para destinarlo a otra misión, lo prepararía para la suelta final desde la costa africana. El punto de suelta era la ciudad de Casablanca y nunca nadie había marcado una paloma de su isla desde ese lugar, el reto era enorme, no sólo por la distancia, es que además era desde el sentido opuesto al que se venían desarrollando las sueltas de la temporada entre islas. Luis, era un competidor y un colombófilo de retos y sin duda, este era un desafío muy grande. En su mentalidad ganadora, a grandes pruebas, grandes palomas.
Miguel, pensaba diferente, en su cabeza sólo aparecía la idea de pasar a Rojita a su plantel de reproductoras, había demostrado su valía en la suelta desde la isla más difícil, fue la única en regresar en el día, dejando claro que no se enganchó a ninguna otra para realizar la gesta. Aun así, la mantendría en plena forma hasta el final de la temporada, por lo que pudiera surgir. Solía pensar a largo plazo, no sólo preparaba una suelta, tenía una idea aproximada sobre que palomas irían a las siguientes carreras. No siempre podía llevar a cabo esos planes, eran palomas, seres vivos y podían no estar en su mejor momento al llegar un enceste, como le puede ocurrir a cualquier deportista que puede sufrir variaciones, o desarreglos en su estado físico, pese a haber seguido su calendario de entrenamientos y alimentación. Por eso, Miguel se volcaba en intentar mantener en el mejor estado de forma a cada una de las palomas que seguían volando la temporada en su palomar, nunca se sabía cuando podía aparecer motivo para una sustitución.
Ese año, las sueltas desde la ciudad de Casablanca y la de la más lejana isla, coincidían el mismo fin de semana, Miguel y Luis estaban en lo alto de la clasificación junto a otros pocos competidores más, los campeonatos social y de fondo seguían estando muy reñidos, todo se decidiría esa fecha, la tensión y la ilusión se repartía a partes iguales en cada colombófilo. Las charlas eran animadas en el club cuando se encestaron las palomas, todos soñaban con un buen resultado desde esos puntos, luego la realidad de su dureza sólo dejaba contentos a unos pocos.
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Timonel y sus compañeros de viaje a Casablanca, ya notaron la severidad del viaje de ida al llegar a su destino, primero en avionetas sin demasiado aire y luego en camión de construcción por tortuosas carreteras con bastante calor. Sacaban las cabezas de las jaulas buscando el agua que los soltadores se apresuraron a verter en los bebederos nada más llegar al lugar de suelta, tendrían esa tarde, la noche y el día siguiente con su noche también para relajarse del ajetreo y esperar con ganas el momento de su liberación para tratar de llegar a casa.
Rojita, estaba en un lugar en el que ya había estado en el siete islas, la isla más metida en el océano y alejada de la suya natal. Miguel, la había vuelto a ver en tan gran momento, que decidió aprovecharlo. La joven paloma, sabía hacia donde tenía que volar, pero recordaba lo que le costó realizar ese vuelo la primera vez, había puesto al límite su capacidad de aguante, estuvo tentada de posarse más de una ocasión en ese primer trance, pero una fuerza invisible en su interior, siguió haciendo que volara, aleteo a aleteo, a un ritmo fatigoso pero constante, hasta llegar a casa ya de noche. Pasaba el medio día y ya habían sido debidamente atendidas por el soltador, estaban a resguardo del viento en un local cedido por el club colombófilo de esa isla, eran apenas cuatro jaulas de palomas, que ni siquiera iban con el número de mensajeras que solían albergar cuando la suelta era desde otras islas. Serían liberadas al día siguiente por la mañana temprano, sólo les quedaba esperar pacientemente la llegada del nuevo día, el intento de regreso sería una misión muy difícil.
Amanecía en Casablanca, las primeras luces del día venían acompañadas por los cantos de los almuecines que llamaban a la oración desde los minaretes de las mezquitas y los sonidos del resto de la vida cotidiana que iban subiendo de volumen a medida que el día se imponía a la noche. Los soltadores, estaban rellenando los bebederos de las jaulas al tiempo que les silbaban a las palomas para incitarlas a buscar agua, los recipientes se rebosaban y dejaban caer agua por los bordes, era la última oportunidad de beber en las cestas antes de ser liberadas, luego les esperaba una travesía larga y peligrosa, en la que probablemente no tuvieran una sola oportunidad de beber agua potable. Las palomas podían ser conscientes o no de esa dificultad que iban a afrontar en unos instantes, pero de lo que si eran conscientes con toda seguridad, es de que el momento de soltar era inminente y se les notaba nerviosas y muy despiertas, caminando por las cestas y totalmente pendientes de los movimientos de los soladores. El instante había llegado, los soltadores y algunos colombófilos locales, habían conminado a la chiquillería que allí se agolpaba, a apartarse de la trayectoria de salida de las palomas. Cuando todo estuvo listo y despejado, justo a la hora estipulada, se abrieron las jaulas provenientes de varias islas del archipiélago, un numeroso bando salió de las cestas como rayos y ni siquiera dio vueltas para orientarse, tomó rumbo suroeste hacia la costa a medida que se elevaba. En las jaulas vacías, se empujaban ahora los chiquillos forcejeando por buscar en el interior los huevos de algunas palomas que fueron con los días justos para hacer la
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puesta y no les había quedado más remedio que poner mientras estaban enjauladas. Esos huevos, irían a humildísimos palomares para ponérselos a alguna pareja de nodrizas, con la esperanza de que de ellos salieran bonitas y buenas mensajeras.
El bando, pese a un inicio fulgurante en la dirección correcta, pronto se partió en varios grupos. Timonel, no era una paloma que pudiera volar a esa velocidad tan alta y pronto dejó de intentar seguir el ritmo de aquellas palomas que parecía que llegarían a casa en una hora, se quedó en uno de los últimos grupos, un grupo pequeño en el que todas llevaban un ritmo similar al suyo, firme, pero sin demasiada velocidad.
En la más lejana isla, Rojita estaba a punto de ser liberada, ya hacía una hora desde que su hermano Timonel fuese soltado a más de mil kilómetros de allí. El soltador, había sacado las cuatro jaulas al exterior del local, les había rebosado los bebederos de agua y las había dispuesto para que salieran correctamente, con el aire de frente y sin obstáculos. Todo estaba a punto, la hora fijada llegó y las cuatro portezuelas se abrieron para dejar salir al pequeño bando, que lo hizo de manera nerviosa y muy compacta. En las islas, sufrían ataques de halcón casi en cada suelta, desde la recuperación de esta especie de rapaces, la colombofilia isleña había cambiado, además de las dificultades orográficas, ahora era parte del juego la irrupción del halcón día sí y día también para ponerlo todo más complicado aún, esa incidencia había provocado el abandono de la actividad colombófila de algunos aficionados que simplemente no pudieron soportar más tanto ataque. En esa isla, solían atacar al bando nada más salir, prácticamente en cada suelta que desde allí se hacía y esta vez no fue una excepción. El bandito salió tan compacto intuyendo lo que se les venía encima, el halcón apareció de la nada para el ojo de un observador humano, aunque probablemente, las palomas lo tuvieran localizado desde antes de iniciar su ataque, bajó como una fugaz sombra y entró en el bando como un cuchillo en la mantequilla, las palomas lo esquivaron con pequeños quiebros que hicieron perder la homogeneidad del grupo, pero muy brevemente, con la misma que se abrieron un poco para que el halcón pasara de largo, volvieron a cerrarse en el acto, nada que ver con aquellos primeros ataques sobre la propia isla, o sobre la isla vecina, ahí el bando era de miles de palomas y la mayoría no tenían experiencia. La incursión de la rapaz, causaba estragos en la formación, las aves se dispersaban en todas direcciones aterrorizadas, muchas se perdían por esta causa pese a ser sueltas cortas. El pequeño bando en el que iba Rojita, esta vez había logrado salvar el lance sin bajas ni heridas, después de ese picado estéril, el halcón se había rehecho y las había perseguido por unos interminables segundos, pero luego la distancia entre perseguidas y perseguidor fue aumentando hasta que el halcón desistió en su ataque. El grupo, abandonó las costas de la isla a una velocidad demasiado alta para lo larguísima que iba a ser la travesía, pero no había otra forma de escapar del halcón que con mucha habilidad, sangre fría y velocidad. Rojita, había rozado desde pequeña la muerte por la rapaz,
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además literalmente, también tuvo oportunidad de presenciar como el enemigo había triunfado en algunas ocasiones y se había llevado congéneres del bando. Por suerte y por la propia pericia y experiencia del pequeño grupo, esta vez se salvaron y volaban sobre el ventoso mar en busca de la próxima isla del camino y con dirección noreste.
El bando en el que iba Timonel, seguía costeando a gran altura desde hacía horas, había mucho calor y eso les exigía mucho esfuerzo, pero al menos no tenían el viento de frente que obligaba al grupo de su hermana a volar bajo, casi rozando las olas. De vez en cuando, algunas se tiraban hacia el mar, hacia la derecha, las islas estaban en esa dirección y probablemente las que lo hacía acortarían distancia, pero también se exponían a centenares de kilómetros de mar abierto antes de llegar a sus respectivas islas, con el riesgo de ser desplazadas por los traicioneros vientos al no tener referencias terrestres por las que guiarse. Un desvío en alta mar, podía significar que no volvieran a localizar tierra. Llegados a un punto de la costa, Timonel y su pequeño grupo, sintieron que ya no iban en buena dirección y empezaron a volar algo nerviosos a mucha altura en amplios círculos, después de hacer esto durante un rato, volvieron a volar sobre la dirección por la que habían llegado hasta allí, el tiempo, que jamás se detiene, hacía que el día se fuera esfumando mientras la mayoría de las palomas soltadas seguían en costas africanas, unas posadas ya en busca de descanso y otras como Timonel en un obstinado vuelo en busca de su casa. Era bastante tarde ya cuando llegaron a un lugar al que habían sobrevolado antes ese día, allí fue donde más necesidad tuvo de volar hacia el mar la primera vez que pasó y sentía lo mismo en esta segunda ocasión, con la diferencia de que estaba mucho más cansado ahora y también era mucho más tarde. La indecisión del grupo, hizo que perdieran otro valioso rato sobrevolando la zona, finalmente, Timonel y otras dos palomas se lanzaron a volar sobre el mar, en dirección a la inminente puesta de sol, el resto del grupito se repartió por el lugar en busca de un refugio en el que pasar la noche. Era una carrera agónica en persecución de la luz, la poca luz que ofrecía un sol que ya se había escondido tras la línea del horizonte. Las tres palomas, pertenecían a palomares de diferentes islas, ahora volaban valientemente, convencidas de que llegarían a casa volando sobre el oscuro mar que amenazaba con devorarlas. Finalmente, los tres cansados animales, divisaron luces de una población en la distancia y se dirigieron hacia ellas sin dudar, al llegar, sólo tuvieron tiempo y fuerzas para posarse en la azotea del edificio más alto de los que estaban cerca de la costa, en él se leía desde el puerto mercantil la palabra Hotel en letras muy grandes. No había alas para nada más, estaban exhaustas, hambrientas, sedientas, pero habían logrado vencer al mar otra vez y las tres tenían la potente sensación de estar en una isla en la que ya habían volado antes, una extremadamente larga y árida. Se acomodaron en la cornisa del edificio y se dispusieron a pasar la noche, con el plumaje muy ahuecado, su cuerpo no tenía mucho ya de donde sacar para proporcionarles calor, la noche, sin duda sería fría.
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Para Rojita, la suelta desde la más lejana isla, volvía a ser durísima, ya hacía horas que volaba sola, el grupo que partió inicialmente, era demasiado pequeño para mantenerse unidas en tan larguísima y dura travesía. Prácticamente era un calco de aquella primera ocasión en la que logró terminar con éxito, viento con la misma intensidad soplando en su cara, haciendo que cada metro avanzado fuera una victoria. Estaba muy agotada, quizás más aún que en aquella primera vez, pero tenía la motivación de saber exactamente por donde quería ir, de saber que de seguir a ese ritmo lento pero constante, llegaría a casa y probablemente lo hiciera antes de anochecer por completo. Ahora volaba por el norte de la larga isla vecina a la suya, ante sí, la última población de esa isla, luego el brazo de mar de quince kilómetros y al fondo, los tonos marrones y negros de su isla natal….. La presión era inmensa, sucedió tan deprisa, apenas tuvo una fracción de segundo para ver llegar el halcón, este la había sorprendido desde detrás y por debajo a una velocidad abrumadora, mientras que Rojita volaba lenta, cansada y pendiente de lo que tenía ante sus ojos. Apenas le había dado tiempo de hacer un quiebro en ese último instante en el que vio lo que se le venía encima, luego la negrura. El halcón la agarró a tanta velocidad y con tanta fuerza, que había quedado boca abajo, aturdida momentáneamente, su último esfuerzo por esquivar el ataque, valió para que la rapaz sólo pudiera sujetarla bien con una de sus afiladas garras, mientras que la otra se había cerrado en torno a un ramillete de plumas secundarias de una de las alas de la desafortunada paloma. Regresó de su aturdimiento para comprobar con horror, que su enemigo hacía el gesto de doblarse en el aire para partirle el cuello con su acerado pico, pero no le era fácil por la manera en que había trabado a Rojita, la paloma, en un bravo y último esfuerzo, aleteó con desesperación hasta que consiguió soltarse de manera brusca, sintiendo el desgarro en sus carnes, esto hizo que volara en picado hacia el cercano suelo, mientras el halcón trataba de recapturar una comida segura que de repente había dejado de serlo. Casi sin tiempo a nada más que estamparse contra el suelo, o dejarse atrapar otra vez, siguió a toda prisa hasta una pequeña pared de piedra a la que llegó a una velocidad en la que era imposible no lastimarse. El impacto fue brutal, el halcón pasó justo por encima rozando la pared, Rojita, voló unos metros más tropezando con piedras hasta llegar a un matorral mediano en el que se metió. La rapaz se posó en la pared, justo sobre el matorral en el que se metió la paloma, espero unos segundos y luego bajó al suelo pedregoso, inspeccionaba el matorral con la esperanza de hacer salir a Rojita de su refugio. Los halcones, no cazaban en el suelo, sólo bajaban a recuperar presas previamente abatidas, o heridas en el aire, les aterrorizaba la idea de lesionarse en el suelo y quedar incapacitados para cazar, con lo que morirían de hambre, pero esta paloma estaba prácticamente cazada cuando escapó y logró llegar ahí milagrosamente, no renunciaría a ella sin presionar lo que hiciera falta. Rojita, sentía un dolor enorme en el pecho, el golpe contra las piedras fue muy violento, además su costado estaba abierto por la herida que le provocó la garra del halcón al zafarse de este. Sentía la cálida sangre bajar por su pata, también le había quedado un
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gran hueco sin plumas en una de sus trasalas, el halcón se las había quedado en su garra cuando ella se soltó. Desde su pequeño escondite, veía perfectamente a el halcón, que a su vez también la veía a ella, el dolor tenía que permanecer en segundo plano, estaba plenamente concentrada en aquel animal que la miraba desde aquellos negros e intimidantes ojos. Finalmente, la hambrienta rapaz, trató de acceder al matorral torpemente, todo lo que la naturaleza les había otorgado para ser los reyes del cielo, se lo había negado para con sus movimientos en tierra, justo cuando él entraba, Rojita, más pequeña y ágil en el suelo, salía por el otro lado como un disparo. Tampoco era el fuerte de los halcones ser veloces los primeros metros tras despegar desde el suelo, en el intervalo de tiempo en el que la joven paloma voló los primeros veinte metros, la rapaz sólo pudo salir torpemente del matorral e iniciar su vuelo. Rojita, tenía fijado su próximo refugio y volaba hacia él todo lo rápido que le permitía su maltrecho organismo mientras miraba hacia atrás. El objetivo era una pequeña explotación ganadera de cabras, abundaban en esa isla y esta vez, una de ellas podría salvarle la vida a la tenaz mensajera. Era un conjunto de corrales techados, un pequeño almacén, un silo para grano y depósitos con agua, todo ello cercado por una valla de mallazo de hierro. Rojita, enfiló hacia lo más cercano, que era el silo, pasó a sólo unos centímetros por encima de la valla y comprobó que el halcón ya se había rehecho y recuperado la distancia que los separaba, la rapaz no llevaba todo un día de fatigoso vuelo, ni estaba herida como ella, era muy superior y sólo con velocidad no conseguiría escapar de él. En un audaz movimiento, Rojita pasó a través de la estructura metálica que sostenía el silo de grano, notó como las puntas de sus alas rozaron el armazón de hierro a una velocidad mortal en caso de chocar. El halcón, quebró y pasó como un rayo bordeando el silo, ese movimiento, volvió a darle a Rojita un metro de separación con respecto a su perseguidor, fue suficiente, unos segundos después, la paloma entraba por uno de los corrales a tumba abierta con el predador pegado a su cola, como si fuesen atados con hilo corto e invisible. El halcón, cambió su dirección en el último instante, probablemente contrariado al saber que la paloma había logrado llegar a un refugio sólido, él no se arriesgaría a perseguirla bajo techo, ese último movimiento lo catapultó hacia las alturas como una flecha zumbante. Rojita, apenas tuvo tiempo de adaptar sus pupilas al cambio de luz antes de frenar su vuelo, casi sale por el otro extremo del corral techado, pero logró frenarse y en un giro dentro de la instalación, ya localizó su posadero, se fue hasta una viga que sobresalía de una pared y de la que colgaban varios utensilios propios de una granja de cabras. Al fin se había librado del halcón, estaba posada en el trozo de viga, jadeante, herida y muy dolorida, pero viva. La sangre empezaba a cuajar en la herida y alrededor de una de sus patas, faltaba menos de una hora para oscurecer, pero Rojita, no pensaba salir de allí de momento, el regreso a casa tendría que esperar.
En la cornisa del viejo hotel de la localidad porteña, Timonel y sus dos compañeras de viaje se acurrucaron una junto a la otra, no hicieron amago de pelearse por el espacio, era demasiada la fatiga como para perder energías en peleas, además
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se sentían mejor en compañía en esos momentos de desamparo y lejanía del hogar. Pese al cansancio, las tres palomas deseaban que amaneciera, tenían muy claro hacia donde tenían que volar. Timonel, volaría hacia el norte-noreste por esa isla hasta cruzar a la suya, sus compañeras, volarían hacia el oeste, procedían de la isla central del gran volcán nevado.
En casa de Miguel, la sensación era agridulce, acababa de recibir una de sus palomas veteranas desde la más lejana isla y eso siempre era motivo para la euforia y la descarga de adrenalina, estaba convencido de que también Rojita regresaría ese día, pero hacía más de una hora que había anochecido y la joven paloma no hizo su aparición en el palomar. También Luis había marcado una desde esa isla y estaba muy contento. Nadie había marcado desde África en toda la isla, si lo habían hecho en las islas más centrales del archipiélago, probablemente alguna de aquellas valientes palomas que antes abandonaron la costa africana, enfrentándose a cientos de kilómetros de vuelo sobre el mar. Eran pocas, siempre eran pocas las que lograban hacer la travesía el mismo día de la larguísima suelta. El colombófilo que marcaba desde allí, veía totalmente recompensados sus esfuerzos en el cuidado de sus aves.
Rojita, veía claramente los exteriores del corral, una redonda luna llena había surgido por este, haciendo que el paisaje apareciera visible, no como el día, pero sí bastante claro. Una rapaz sigilosa se posó en el extremo del techo, después del susto inicial, comprobó que era una lechuza que tenía allí su puesto de caza de roedores. El viento había amainado y la noche era fría y despejada. Rojita, no terminaba de estar cómoda con aquel ave de presa cazando tan cerca de ella, también había visto un gato merodeando por el vallado, no podría descansar, porque no podía dejar de vigilarlos, además le aterraba la idea de enfrentarse al halcón en tan precarias condiciones al día siguiente, a buen seguro, la rapaz, que era capaz abarcar un área inmensa con su potente vista, no dejaría de ojear el refugio en el que se le escapó aquella paloma brava. Fue en ese instante, cuando decidió emprender el regreso a casa en plena noche, las condiciones no eran malas, sin viento, visibilidad aceptable, conocimiento de su ubicación y ruta a seguir y ninguna posibilidad de que le atacara el halcón. Iría despacio, su maltrecho cuerpo tampoco le permitiría ir deprisa, pero lo iba a intentar. Se sacudió el plumaje y acometió e l vuelo casi tan sigilosa como la lechuza que la miró alejarse. Seguía sabiendo perfectamente por donde iba, las luces de la última localidad norteña de esa isla, estaban muy cerca frente a ella, volaba porque era puro corazón, quería regresar a casa, su cuerpo no ayudaba demasiado, devastado como estaba por la fatiga, las heridas y el inmenso hematoma de sus pecho por el golpe contra la pared, pero sentía la paz de saber que lo lograría, costara lo que costara.
Miguel, había esperado horas, finalmente apagó las luces y trató de irse a descansar, ya hacía frío en su pueblo, la blanca luz de la luna le daba un toque fantasmagórico a la finca con sus higueras, pensó que no hubiera hecho falta tener
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esas bombillas encendidas, ahora que estaban apagadas, supo que se veía bastante bien con aquella luz lunar. Se acostó y a duras penas concilió el sueño, la euforia de marcar una de sus palomas, la pena de no marcar a Rojita, por la que sentía algo diferente, hacían bullir su mente con pensamientos e imágenes de sus palomas luchando por regresar.
Se despertó sobresaltado, siempre esperaba a sus palomas al día siguiente de una suelta de fondo desde que amanecía, miró el despertador y sólo eran las tres y media de la madrugada, aún quedaban otras tres horas para que empezara a amanecer, pero se acababa de despertar e intuía que le costaría volver a dormirse. Se levantó a beber un vaso de agua y aprovechó para mirar al palomar desde la terraza, al principio pensó que no podía estar viendo una paloma sobre el techo, se restregó los ojos y volvió a mirar, su corazón se desbocó al ver a Rojita bajo la luz de la luna con el plumaje totalmente ahuecado, había sido capaz de regresar, había logrado la proeza de hacer dos sueltas desde la más lejana isla en la misma temporada, siendo la primera campaña de su vida. De lo que no había sido capaz, era de bajar hasta el buzón de entrada al palomar, llegó justa al techo y ahí se quedó esperando el nuevo día, Miguel bajó emocionado, unas ardientes lágrimas caían por su cara, cogió una pequeña escalera, la apoyó en el palomar y subió a por su paloma. Le habló suavemente mientras alargaba su brazo despacio, Rojita se dejó agarrar, pesaba muy poco y tenía una costra seca en un costado, Miguel, pasó fugazmente por el buzón a Rojita para que quedara registrada su llegada y continuó caminando hacia el interior de la casa tras oír el pitido de la comprobación. Después de examinarla detenidamente, la dejó en la caja en la que rojita se crió de pequeña, le encendió la lámpara térmica, le puso un poco de agua con aminoácidos y se fue a preparar los utensilios necesarios para suturar la enorme herida de la joven paloma. Miguel, se preparó un café, pese a la hora que era, sabía que no dormiría más esa noche, demasiadas emociones para pensar en dormir. Después de beber su café, tomó a Rojita en sus manos y comenzó a curarla, primero lavó bien toda la zona de la herida con suero fisiológico, así también rehidrataba la piel y los tejidos antes de coser. Parte del músculo pectoral lateral y el muslo, aparecían en carne viva, la piel que debía cubrir esa zona, estaba replegada hacia atrás. Miguel, tiró muy suavemente de la piel ya hidratada por el suero, tras comprobar que llegaba hasta donde debía para poder coserla, arrancó todas las plumitas coberteras de los bordes de la piel y empezó a coser la herida con una habilidad y una delicadeza más propia de un sanitario, que de un mecánico industrial. Siempre estaba provisto de lo necesario para estas cosas, su amigo Aldo, que era veterinario, siempre le daba agujas quirúrgicas, eran mejores para coser y los puntos terminaban por caerse solos. Rojita, permanecía muy quieta, sólo el entrecerrar de sus ojos, dejaba patente el dolor que estaba sufriendo, sin duda, las palomas eran animales durísimos. Miguel, quedó muy satisfecho cuando terminó de curar a Rojita, tuvo que dejar el enorme hematoma del centro del pecho sin tratar, el esternón se había hundido ligeramente en la zona del impacto y toda la parte de alrededor aparecía de un espantoso color verdoso. El
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organismo de la paloma se encargaría de reabsorber el hematoma, la herida abierta, ahora aparecía perfectamente cosida y protegida con pomada antibiótica. Miguel, dejó de nuevo a Rojita en su caja, le puso una taza con comida y la dejó descansar. La palomita, apenas apartó unas pocas semillas pequeñas, eso no preocupó a su dueño, ya había bebido y estaba seguro de que comería con la llegada del nuevo día y el encontrarse mejor físicamente. Estaba emocionado, quería compartir sus emociones con sus compañeros, pero era de madrugada aún y tendría que esperar. La paloma Rojita, se había ganado el retiro de la competición, pese a su corta edad, había hecho la suelta más dura, no una, sino dos veces, algo que estaba al alcance de muy poquitas, tendría una plácida vida en su amado palomar, siendo madre de otras palomas, con la esperanza de que heredaran su calidad y su coraje.
En la cornisa del hotel, Timonel y sus compañeras tenían una posición privilegiada para observar el amanecer. El sol fue ascendiendo lentamente, las tres palomas querían reemprender el vuelo el vuelo nada más empezar amanecer, pero sus fatigados y entumecidos cuerpos, no estaban de acuerdo con esos deseos. Ya con el sol totalmente fuera y con sus rayos calentando a las tres viajeras, si que sus organismos comenzaron a sentirse mejor, se sacudieron varias veces, dieron unos pasos por la cornisa, miraron en todas direcciones y arrancaron su vuelo. Después de elevarse y dar un par de tornos en los que era evidente lo mucho que les costaba separarse, al fin, Timonel enfiló hacia el norte y las otras dos hacia el oeste. El joven palomo casi negro, que había hecho el altamar en otoño haciendo primero, que había marcado primero y único en el día desde la segunda isla más lejana en la carrera del siete islas, volaba ahora por una isla que ya conocía, volaba lento y pendiente de todo lo que sucedía a su alrededor, volaba hacia su cita con la gloria deportiva sin saberlo, porque sólo sabía que volaba hacia su hogar.
Luis, esperaba en su palomar mientras limpiaba la instalación, ya sabía de las dos marcadas de su amigo Miguel desde la más lejana isla, le había felicitado efusivamente, se alegraba sinceramente por su rival, porque era más su amigo, también le dijo que tenía la convicción de que marcaría a Timonel desde Casablanca y decir eso, cuando ninguna paloma de su isla lo había logrado antes, era tener una fe ciega en ese pichón. Por ese motivo, cuando oyó pitar el comprobador, supo que paloma estaba en el buzón de entrada sin necesidad de girarse de su tarea de limpieza de casetones. Quiso darse la vuelta despacio, saborear el momento que quedaría registrado en su memoria para siempre. Timonel, entró y fue directo al bebedero, era su tercera hazaña en un año de vida, había demostrado su indudable calidad con creces, ahora estaba bastante desmejorado por el tremendo esfuerzo, pero al igual que su hermana, había logrado regresar a su casa, pese a todas las dificultades. Luis, le hizo una foto junto al bebedero para enviársela a su amigo Miguel, este la recibió y lo único que pudo hacer fue llamar a su compañero para felicitarlo, ambos colombófilos estaban muy contentos.
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El domingo continuó para todos los que enviaron palomas a largas distancias, esperaban que apareciera alguna de sus atletas. Por el grupo de mensajería instantánea del club, corría como la pólvora aquel impresionante resultado logrado por aquellos pichones hermanos rescatados por Miguel en la chatarra de un viejo barco, hacía ya un año.
Rojita, ya había comido bien, presentaba otro ánimo, mucho más vivaz. La herida, tenía un aspecto limpio y aséptico, muy pronto estaría totalmente restablecida, era una paloma extremadamente fuerte.
Tanto Luis, como Miguel, incorporarían a Timonel y a Rojita a sus respectivos cuadros reproductores, sin duda aportarían mucha calidad en una nueva corriente de sangre que refrescaría ambos palomares. Finalmente, Luis tuvo la foto de Timonel colgada del club como primera palomar en hacer Casablanca en tiempo de concurso. Aquellas dos palomas, de origen tan humilde, habían demostrado su valía, no se dudaba de que tuvieran antepasados ilustres en su linaje, aunque sus padres estuvieran perdidos, en las islas era mucho más probable que ocurriera eso, a que se pudiera terminar una temporada con éxito, nadie tendría en cuenta ese detalle de los padres, los hijos habían sido auténticos campeones que hicieron sentir muy orgullosos a sus dueños, por su brutal desempeño y muchísimos años más tarde por los resultados de sus descendientes, que siguieron dando alegrías a los dos amigos y que marcaron el nombre de su linaje como “Los Hermanos Del Barco”
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